Estamos hechos de historias

Cada quién tiene el Storytelling de su vida. Por ejemplo, la noche que yo nací, nevó. Mi padre tuvo que quitar con una pala los diez centímetros de nieve acumulados en el parabrisas del coche mientras mi madre lo apuraba para poder llegar a tiempo a mi nacimiento.

 

Somos eso que nos contamos

La vida la hemos construido a través de un número infinito de historias que contamos a otros y que nos contamos a nosotros mismos porque han formado nuestra identidad. Desde cómo nacimos, por qué nos pusieron el nombre que tenemos, de dónde vienen nuestros abuelos, hasta cómo conocimos a nuestro primer mejor amigo. Somos eso que nos contamos, esa atmósfera que sabe a la casa en la que crecimos, esa música que cuando la escuchamos nos hace vibrar porque sin cuestionarnos, sabemos que así suena nuestra vida.

 

Contadores de historias (storytellers)

Esto ha funcionado así siempre. Desde que las personas se reunían junto al fuego a narrar las hazañas del día, los combates, o las historias de supervivencia. Los mitos, las leyendas eran transmitidas oralmente por los contadores de historias (storytellers) que pasaban esa sabiduría de generación en generación. En la comunidad, esta persona era importante, porque era portadora de la sabiduría, de la voz de una comunidad.

La mente está adecuada a las historias, cualquier conocimiento lo asimilamos mejor cuando viene en este formato, culturalmente, así estamos hechos. En palabras de Robert McKee, las historias le dan orden al caos. La mente se cuenta historias para tender un puente que conecte al ser con el universo; al ser con su pasado, presente y futuro. Las historias le dan sentido a nuestro mundo, ese es su poder.

 

La edad de oro

En algún punto de los años cincuentas y sesentas nos cayó la edad de oro de la publicidad, basta recordar las clásicas escenas de la familia frente a la televisión tomando Coca-Cola o cualquier episodio (con brillante guión) de la serie Mad Men. La publicidad se convirtió en una industria cuyo objetivo era sembrar el deseo por un producto que nos hablaba de todos sus beneficios o “bondades”, acompañadas por imágenes y eslogans. Si naciste en los ochentas o noventas, te acordarás que los anuncios invadían las caricaturas y los programas de televisión. Estábamos acostumbrados a ser bombardeados todos los días, todas las horas que pasábamos frente a la pantalla, y todo bien, mientras duró.

 

El mundo bajo demanda

Ok, ya nos dimos cuenta que este tipo de publicidad difícilmente funciona para las generaciones que nacieron a partir del año dos mil. Cuando tus sobrinos o hijos ven TV abierta te piden que adelantes los anuncios porque ni siquiera saben que existió un mundo en el que tenías que verlos a fuerzas si querías continuar viendo tu programa.  Ahora existe un rechazo contra las marcas que irrumpen sin aviso en el contenido que vemos, leemos o escuchamos.

Las personas ya no quieren ser manipuladas, quieren ser creadoras y mejor aún, participantes. Las relaciones o vínculos que se generan con las marcas han cambiado radicalmente. Ahora existe una conciencia desarrollada hacia los procesos sustentables, hacia los efectos del “progreso” que denotan evidentes síntomas de decadencia en un plano ecológico, social y político. Hoy, en un mundo que de a ratos se siente post apocalíptico, las personas se acercan a las marcas que no les restriegan en la cara lo que ofrecen, sino aquellas que escuchan lo que su audiencia quiere y cree: marcas con sentido.

 

Vuelta a las historias

Aquí es cuando volvemos a la historias. Al amor genuino del ser humano por sentirse entretenido por una buena historia alrededor del fuego con amigos. De la emoción que se siente cuando vivimos una trama como si fuéramos nosotros los protagonistas, porque nos emocionamos cuando entendemos perfecto lo que un personaje siente o piensa.

Éste es el rumbo que desde hace unos años ha tomado la publicidad, no las míticas bondades de un producto que te promete oro, si no una historia que te conecte con un personaje, unos valores, una postura ante la vida con la cual te identificas, y por lo mismo quieres compartir, porque eso que compartes habla de ti, de esa atmósfera primera, de esa música que cuando la escuchas suena a ti.

Por eso hoy las marcas ya no buscan vender, buscan darse a conocer a través de historias. Buscan generar conciencia, aportar experiencia, valor. Aportar algo. No todas las marcas, es verdad, pero quizás las que han entendido que las audiencias son personas, con una historia propia; personas que mutan, cambian, evolucionan. Y que hay que adaptarse y mutar con ellas, o quedar sepultado en el universo infinito de la información.

Por Iliana Pichardo Urrutia

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