Abril Fernández

 


E
n realidad no voy por la vida hablando en voz alta con mis artículos de indumentaria, de papelería ni de otro tipo. Pero como estudié Comunicación Social, las cosas que veo nunca son solamente cosas para mí, siempre están significando (o queriendo decir) algo más. Últimamente paso demasiadas horas reflexionando sobre mi entorno y luego escribiendo, como para alcanzar alguna conclusión y así poder seguir con otros asuntos. 

 

Me gustan mis cosas porque me hablan. A veces pienso: si hubiese sido una persona más productiva, si hubiese movido un volumen real de dinero, ¿habría creado lazos con los objetos, o me habría dedicado a reemplazarlos cuando su modelo superior apareciese? Es decir, me pregunto si no habré creado estos lazos justamente por carecer de esa posibilidad consumista. Si fuese billonaria y me rodeara de objetos, ¿también me preocuparía por cada uno de ellos?, ¿permitiría que me interpelen como lo hacen ahora?

 

Por ejemplo, hoy hace frío y tengo que ir a lo de mis viejos. Ya el finde hacía frío y me costaba salir de la cama. Entonces decidí buscar un bolso playero para meter mis cosas. A este bolso lo usé una sola vez, en una sola playa, a la que fui un solo día y a la que probablemente no volveré jamás. Tiene unas sogas blancas y gruesas para colgárselo, unas sogas parecidas a las de los barquitos y yates que pasaban cerca de la playa, y que yo miraba sentada en la arena como si fuesen aves raras; es de arpillera como el color de los quinchos que se alzaban sobre un montículo, en el sector donde vendían comida y bebida; tiene unas frutas estampadas en color naranja como las que traía la elegante ensalada que almorzamos esa vez. Yo sabía que si hoy usaba ese bolso, el frío empequeñecería, no tendría chance frente a mi ánimo soleado, rodeado de arena y de cuerpos dorándose. Me envolvería como un verano holográfico.

 

Y una conversación silenciosa me protegería. Así que voy y lo busco. “Hey, ¿te acordás?” me dice alegre el bolso cada vez que lo veo. “Sí, ¡obvio que me acuerdo! Vos viajaste todo aplastado al fondo de la valija junto con ese pareo floreado…”, le contesto. “Todo aplastado, estaba hecho un papel. Todavía tengo marcado un poco el pliegue. Ah, pero el paseíto ese que me tocó… impecable”. “Yo no sabía bien si te iba a usar”, le digo, “o cuándo, pero estaba segura de que tenías que venir conmigo. ¿Dónde andará el pareo floreado…?”, pregunto. “Ah…”, me dice un poco nostálgico, “hace mucho que no lo veo”. “Bueno, mirá, ahora te toca llevar esto para abrigarme el cuello”, le comento, “¿qué tal?”.

 

 

Pero tengo que aclarar que no siempre me gusta oír lo que una cosa tiene para decirme. Si me habla acerca de lugares a los que no pienso volver, o como si todavía tuviera tal edad, o la veo y me recuerda otras cosas que perdí, entonces ese objeto se tiene que ir. A veces incluso me sigue hablando desde adentro de la bolsa en la que se está yendo, pero hago como que no lo escucho. Tengo que fingir una frialdad que me cuesta; pero es que si no lo hago así, de un solo saque, no lo hago más. 

 

Cuando no lo hago, si me cruzo con una cosa que no me animé a largar, tengo que dejar todo lo que estoy haciendo y entregarme a esas charlas patéticas. Una blusa azul francia, con letras góticas en terciopelo rojo, me preguntó una vez: “¿Y el pantalón rojo?” “Ese pantalón nunca fue del todo mío, así que… nada, no está acá de hace mucho”, contesto. “Ah, claro… ¿Y la campera de cuero?”. “Bueno, tampoco era del todo mía…”. Odio estas preguntas, detesto tener que pensar las respuestas. “Entonces, ¿Con qué me vas a usar ahora?”. “Bueno, mirá” le digo finalmente, “no – honestamente no te voy a usar más porque ya no soy tan finita y malcomida. Y vos sos un corte medio viejo. Y, la verdad, venís zafando de las polillas y de engancharte, pero no tengo pensado volver a usarte”. Yo sé que esta linda remerita azul con letras góticas no tiene la culpa de ser parte de una época complicada de mi vida, y medio que trato de suavizarlo. “No te pongás así”, le digo, “vos lo que necesitás es una historia nueva”.

 

También me pasa que las cosas se ponen barderas, tienen por ahí más carácter que yo. “Tirame”, escucho que dice un bloc viejo. Yo lo miro con las cejas levantadas, como diciendo “¿Perdón?”. Su reclamo me interrumpió mientras estaba ocupada. “Dale, tirame”, sigue, desafiante, “estoy al re pedaso acá”. Ahí nomás. “Pero estás sin usar vos” le digo “¿cómo te voy a tirar? ¿Y si tengo que escribir algo?”. “Qué mierda vas a tener que escribir vos, si aparte tenés todas esas… computadoras, aparatos… y yo estoy acá, ¿sabés hace cuánto? Veinte años. VEIN – TE años de acá para allá. Dos mudanzas me clavaste, amiga, ¿para qué? No jodás. A mí no me gusta que me hagan perder el tiempo”. Lo miro haciendo pucheros mientras pienso qué responderle. “Bueno, perdoname”, le digo, “yo sí escribo mucho a mano, por ahí no te uso porque sos de otro color…”. “¿Y entonces, mamita?” me interrumpe más enojado todavía, “¿Y EN – TON – CESS? Tirame de una vez, estoy harto, podrido. Quiero irme con los cartoneros, dale”. “No, vos tenés renglones, no sos para tirar. No te vas a ir con los cartoneros”, le digo. Pero la verdad es que tiene razón, pienso. Respiro hondo. 

“Mirá” le digo “vamos a hacer una cosa. Voy a desocupar todo este estante, ¿ves?”; el bloc me mira desconfiado. “Ahora este va a ser ‘el estante del papel para escribir que no es blanco’, ¿ves? Cada vez que encuentre un bloc o un cuaderno así como vos, porque hay varios así de tu color, lo voy a poner acá, ¿sí?”. “Mmm”, dice, “sí, somos varios así al pedo, todos empezados… mitad de hojas ya, algunos”. “Claaaro…”, le digo, “por eso te digo, son varios, pero no me acuerdo dónde los voy poniendo y por eso. Yo a vos te necesito y no te quiero tirar (le expreso mis sentimientos a las cosas para tenerlos más claros yo, de paso), pero así olvidándome dónde están, vos tenés razón, así no se puede, es cierto”. “Y no, no se puede, claro que no, es cualquier cosa esto”, me dice ofendido pero un poco menos molesto ya. Entonces lo agarro, “a ver, vení que te pongo acá. Capaz ponga algunas cartulinas de colores también, ¿sabés? Acá todos juntos, así los veo seguido y me acuerdo de que están”. “Bueno, está bien. Las cartulinas también se enojan a veces pero no dicen nada”, me confiesa, “se piensan que tienen que andar alegres todo el día y qué sé yo. A ver que me acomodo un poco”.-

 

Abril Fernández (1985)

En este sitio (www.cuadernosdeabril.wordpress.com) pueden leerse otros de mis textos, y en esta cuenta de twitter (@cuadernosa) también comparto mis palabras. Mi proceso de escritura se parece a tomar fotos: elijo una escena o un personaje, busco los tonos y el ángulo adecuados para lo que quiero mostrar, enfoco y encuadro. Y me fijo qué salió. A veces obtengo lo que buscaba en los primeros intentos, pero sólo a veces. Casi siempre dejo las palabras reposando unos días, y después las vuelvo a modificar. 

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